martes, 4 de agosto de 2009

Los Tercios españoles.

I. Introducción histórica




“España, mi Natura

Italia, mi Ventura

Flandes, mi Sepultura”





Durante siglos se consideró a los Tercios Españoles como una de las mejores unidades militares del mundo. Examinando de un vistazo sus éxitos militares como las victorias en Nordlingen o Breda, sus gestas transcendían de lo puramente histórico para estar rodeados de un halo legendario, prácticamente originado a raíz de la Guerra de los Ochenta Años; que difundió los tópicos de un ejército cruel, despiadado y sanguinario; quizá extendido por la propia morfología de las guerras en los Países Bajos; antítesis de guerra limpia, breve y directa conocida hasta entonces, heredera de las guerras medievales europeas.


“Pero era en Flandes, en una guerra larga y cruel, donde se jugaba la supervivencia del Imperio. Un Imperio que se sostenía gracias a ejércitos profesionales, cuyo núcleo principal eran soldados veteranos de los temibles Tercios Viejos de Infantería Española.”


Con la llegada del Renacimiento, los cambios que sufrió Europa no fueron solo culturales o económicos, sino también militares. Si durante la Edad Media el caballero había sido la principal arma ofensiva, sería ahora la infantería quien decidiría la victoria. España había labrado más de 700 años de guerra continuada contra el invasor musulmán por lo que pudo ofrecerle a Carlos V “el mejor ejercito de Europa”[1] y “la carrera militar se había convertido en una profesión bien considerada y rentable”[2] y con la última Ordenanza de los RRCC en materia militar en 1496 se puede decir que es el origen de la organización del poderío militar español durante siglos. Estas Ordenanzas crearon las Coronelías [3] que mostraron su efectividad en las campañas de Italia del Gran Capitán, introduciendo algunos cambios y mostrando la perfección de su táctica en batallas posteriores como Pavía.

Con todas estas reformas junto al afianzamiento del poder español en Europa, se crean y organizan en 1534 los denominados Tercios Españoles conocidos por el nombre de las regiones donde estaban acantonados: Nápoles, Sicilia y Lombardía. En 1536 se agregan Milán y Cerdeña entre otros, con la primera Infantería de Marina del mundo, el Tercio de Galeras, en 1537. Con el tiempo se creará el Tercio de Flandes en la larga y cruenta lucha por la hegemonía española en los Países Bajos. [sigue...]

II. Organización: reclutamiento, ascensos y rangos

Ø Reclutamiento
Debido a la cada vez mayor escalada de operaciones militares en Europa a partir del primer tercio del siglo XVI, los estados se vieron obligados a mejorar y aumentar el sistema de reclutamiento y movilización; además naciones como España o Inglaterra mantuvieron núcleos fijos de tropas armadas y entrenadas, la antesala de un ejército profesional moderno. En momentos de conflicto los reclutamientos estaban influidos por tres variantes “extensión territorial, disponibilidad de hombres y condición física de éstos”[4]. Por lo que era relativamente frecuente contar con tropas mercenarias extranjeras, tal era el caso del ejercito de Flandes que contaba con valones, italianos, borgoñes…no obstante eran soldados provenientes básicamente de estados vasallos o aliados del rey de España ya que era difícil llenar el cupo teórico de hombres de los que se componía un Tercio “de los 6000 hombres en un principio, pasaron a 4000 después y luego a 3000, para por fin estabilizándose en unos 1500, como versión anticipada del regimiento moderno”.[5] Sin embargo, eran las tropas españolas la columna vertebral de los Tercios de Flandes, las más entrenadas y capacitadas para el combate a miles de kilómetros de su tierra y debido a su profesionalidad eran las mejor pagadas, mejor avitualladas y las que más elogios se llevaron a lo largo de la Guerra de los 80 Años. Quizá ello se deba a que los soldados enviados a los Países Bajos provenían en su mayor parte de fuerzas veteranas de los presidios itálicos, guarniciones que eran refrescadas con soldados nuevos, los denominados “bisoños” que una vez entrenados eran enviados al frente norte, lo que concedía a las tropas españoles una veteranía y capacidad de reposición que otros ejércitos carecían. No obstante los acontecimientos político-militares guiaban el devenir contemporáneo, por lo que en numerosas ocasiones se tuvieron que formar levas en España y enviarlas directamente al frente de guerra. Para ello, una comisión central dictaminaba el número necesario de reclutas, las regiones que lo proporcionarían, el destino, etc. así el oficial de reclutamiento será un capitán nombrado directamente por el rey y éste iría con sus subalternos por las zonas requeridas, reclutando “hombres sanos, entre los 20 y 50 años y con preferencia a los que están armados”[6]. Una vez pasados todos los trámites burocráticos, se equipaba a las tropas y se partía hacia el destino fijado. La condición social de los reclutas era variada y aunque predominan los pobres, la nobleza era amplia en número, desde los hidalgos más humildes hasta los caballeros o generales provenientes de la aristocracia como los duques de Osuna o Ascoli.

Ø Rangos y ascensos
La entrada al Tercio suponía la adquisición de un rango militar, comenzando desde soldado raso hasta su superior el cabo “soldado al que el capitán elige como jefe de escuadra”[7], el sargento, encargado “más particularmente de la disciplina y de la ejecución de todas las órdenes”[8]; por encima de él se sitúa el alférez, lugarteniente del capitán y cuya responsabilidad estriba entre muchas disposiciones en impedir la caída de la bandera en manos enemigas. Por último se encuentra el capitán, bien nombrado por decreto real o bien por antigüedad mínima de 10 años. Además entre los Tercios existían otros puestos como tambores, furrieles, capellanes, etc. Por otra parte la oficialidad estaba constituida a grandes rasgos los sargentos mayores cuyo campo de acción engloba “todos los actos de la preparación de la batalla y de la batalla misma”[9]. Mientras el maestre de campo era elegido por el rey en caso de creación de un Tercio o bien en campaña nombrado por el capitán general. Son los generales y su superioridad jerárquica viene dada por sus profundos conocimientos militares ya que en ocasiones debe actuar como un capitán general. Además los Tercios contaban con otros oficiales superiores como el tambor mayor, el furriel mayor, etc. Generalmente para el ascenso se requería una brillante hoja de servicios y por supuesto veteranía; por ejemplo para el ascenso a capitán se necesitaban un total de 11 años mínimo de servicio. Los oficiales superiores podían ser ascendidos por los consejos de guerra, mientras que los capitanes y el resto de oficiales son generalmente nombrados por el capitán general. Por último en cuanto a las licencias podían ser de dos tipos, individuales o colectivas. La individual se rompía por parte del rey cuando el soldado no era apto para el servicio sea por enfermedad, etc. la colectiva consistía en que una vez finalizada una campaña “los efectivos sobrantes eran o bien licenciados o bien reformados en los Tercios de Nápoles, Sicilia y Lombardía principalmente y volvían a Italia”[10]

III. Armamento y técnicas de combate

Ø Armamento
El armamento era fundamental y básico para desempeñar el oficio de las armas y posiblemente el poder de la infantería española era debido a la perfecta conjunción de la dualidad arma blanca/arma de fuego que se comenzó a poner en práctica desde inicios del siglo XVI. Estos dos grandes grupos se componían de espadas y picas el primero y de arcabuces y mosquetes en el grupo de armas de fuego. En primer lugar se sitúa la espada, arma indispensable en toda infantería y de la que cada soldado poseía un ejemplar de alrededor del metro de longitud. En segundo lugar se encontraba la pica, una larga lanza cuya longitud rondaba el metro y medio y cuya utilidad era prácticamente defensiva ya que “es la fuerza del escuadrón y podría guarnecer el frente de los escuadrones”[11] el piquero solía estar protegido por armaduras como el peto, espalderas, etc. Quatrefages [12] incide en el aspecto psicológico que impregnaba a los piqueros en cuanto a tener reluciente y espléndida su armadura, ya que a imitación de las legiones romanas, el brillo del acero molesta y espanta las cargas enemigas.

Por otra parte, las armas de fuego contaban con gran importancia dentro de la estructura del Tercio y así alrededor de un 30% de cada compañía del Tercio debía estar equipada con arcabuces. El arcabuz consistía en un arma de fuego que medía alrededor de 1 metro de largo y era cargado con pólvora y mecha para poder ser disparado; por ésta misma razón el uso del arcabuz era inexistente en operaciones nocturnas o con lluvia, además de relativos problemas de atascos en el disparo, pólvora húmeda, etc. una evolución del arcabuz fue el mosquete que prácticamente hasta 1567 “este arma no era utilizada hasta entonces más que para la defensa de las plazas[13]”. Eran más pesados y largos que el arcabuz, era necesario un trípode de madera para disparar y el tiempo elevado de carga y disparo y elevado precio eran algunos de los inconvenientes. Tanto los arcabuces como los mosquetes estaban constituidos por las municiones (plomo, pólvora y mecha) que eran entregados a los soldados en las mismas vías y condiciones que las armas.

Ø Técnicas de combate
No había un modelo común de táctica de combate, si no que ésta variaba en función de las circunstancias. Quatrefages [14] distingue tres principalmente: el uso del escuadrón en campo abierto, las embocadas y encamisadas y los asedios.

El escuadrón era un “conjunto de soldados, colocados según un cierto orden numérico en función del efectivo total del que se disponía”[15]. El escuadrón podía de ser de numerosos tipos, como el “prolongado” o el “quadro de gente” pero todo oscilaba en función de los efectivos disponibles y del terreno, quedando así la fuerza del dispositivo en una buena proporción de filas y líneas y en el propio valor y pericia del soldado. Generalmente el escuadrón de picas se componía junto a los elementos de protección como arcabuces y mosquetes, sobre los 300 hombres nominales para “proporcionar movilidad y potencia de fuego” [16]



Por otra parte las emboscadas encamisadas no eran otra cosa que acciones tácticas caracterizadas por “la incertidumbre y el desorden que alteraban los nervios y neutralizaban la organización enemiga”[17] así las encamisadas se realizaban preferentemente en la noche y con ejércitos enemigos cercanos entre sí, eran golpes de mano nocturnos a instalaciones, armamento y sobre todo a causar el mayor número posible de bajas al enemigo. Para ello se seleccionaba a los mejores soldados que se colocaban una camisa para distinguirse en la oscuridad y actuaban con rapidez y silencio.


Finalmente se sitúa el asedio que principalmente tuvo en los Países Bajos su máximo desarrollo por la amplia red de ciudades y ciudadelas que se insertaban en su territorio. Quatrefages [18] describe los pasos que solían dar los asediantes como es asegurar el campamento y su defensa, rodear la ciudad de trincheras y disponer de buenas posiciones para colocar los cañones y batir las murallas enemigas. Las matanzas y saqueos eran habituales tras la toma de una plaza por asalto.





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Referencias a este bloque:
[1] Lynch, J.: Los Austrias, 1516-1700. Crítica. Barcelona, 2003. pp. 97.

[2] Lynch, J.: Los Austrias, 1516-1700. Crítica. Barcelona, 2003. pp. 97.

[3] Ventura, J.: Historia de España. Plaza y Janés. Barcelona, 1980. pp. 112.

[4] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 63.

[5] Quatrefages, R.: Los Tercios Españoles (1567-1577). Fundación universitaria española. Madrid, 1979. pp. 84. Hasta la cita 18 proceden de este libro.
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IV. La Guerra de los Ochenta Años (1567-1648)

Tras la muerte de Carlos V, su hijo Felipe II se hizo con la herencia paterna borgoñona de Flandes. Sin embargo, entre las múltiples causas que desembocaron en su rebelión; la antipatía que causaba en aquellas tierras, su españolidad en sus formas y maneras y la supresión de los antiguos fueros y privilegios locales, además de la creación de 14 nuevos obispados, propiciaron la rebelión de los Países Bajos en 1567, dirigida y orquestada por una nobleza ambiciosa “que no se consideraban suficientemente remunerada con el gobierno de provincias y ciudades”[1] los principales líderes de la revuelta fueron Guillermo de Orange, los condes de Horn y Hoogstrat que ante la inminente llegada del ejército real y sus derrotas militares, decidió el Príncipe de Orange huir y dirigir desde fuera la rebelión.

Ø Llegada del Duque de Alba en 1567
La llegada por el Camino Español de Fernando Álvarez de Toledo, el Duque de Alba al mando de los Tercios de Sicilia, Lombardia, Nápoles y Cerdeña le supuso la animadversión de la población. Pese a ejecutar a algunos rebeldes y la creación del famoso Consejo de Tumultos, se iniciaron las hostilidades y las victorias del duque de Alba fueron sonadas y abundantes, como Mons, Malinas, las campañas en Holanda y Zelanda como Haarlem o Naerden. En 1573 Luis de Requesens, gobernador de Milán, sustituye al duque de Alba al frente de la gobernación de Flandes. Continua la lucha y toma Maastricht, Mock…hasta su muerte. Los motines por la falta de pagas y el caos que se creó, obligaron a Felipe II a enviar a su hermanastro D. Juan de Austria, vencedor de Lepanto a pacificar la rebelión. Logró la paz de Gante en 1577 y las tropas españolas abandonaron Flandes. Pese a ello, los manejos de Guillermo de Orange, obligaron a Don Juan de Austria a llamar a los Tercios al mando del general y nieto de Carlos V, Alejandro Farnesio. “Además a su frente se encontraban varios de los generales mas temidos de Europa: Mondragón, Toledo, Mansfeld, Martinengo, Bernardino de Mendoza, Octavio Gonzaga….”[2]. Sería pues el inicio de la reconquista de los Países Bajos con victorias como Namur, Gembloux o Nivelles; hasta la muerte de Juan de Austria en 1578 en la que deja como gobernador a Farnesio.

Ø Gobierno de Alejandro Farnesio, 1578 -1592
El panorama mejoró en ese breve tiempo, aunque seguía siendo crítico “solo tres de las diecisiete provincias y parte de una cuarta eran leales a la corona de España y los rebeldes contaban con el apoyo extranjero del archiduque Matias de Austria, el duque de Alencçon, y el apoyo financiero y militar de Inglaterra”.[3] Alejandro Farnesio inició las campañas con el asedio sobre Maastricht con casi todo el ejército y finalmente tras establecer conversaciones, logra la paz de Arrás en 1579; abandonando las tropas de nuevo Flandes al recocerle su autoridad los rebeldes sobre el gobierno con el control de 7 provincias. En este tiempo Guillermo de Orange creó la Unión de Utrecht en las provincias rebeldes del norte, base futura de las Provincias Unidas. Finalmente, en 1582 vuelven los Tercios debido a la inestabilidad y toman gran cantidad de plazas, entre ellas Pirex, Brujas, Middelburgo…muriendo el Príncipe de Orange y delegando su poder en su hijo Mauricio de Nassau. Finalmente, Alejandro Farnesio dirigió sus fuerzas hacia Amberes cuyo cerco fue de los más famosos de toda la guerra por su magnitud e importancia, así como las obras de asedio sobre el río Escalda con el “puente de Farnesio”; plaza finalmente rendida en 1585 y celebrada con grandes fastos. Inglaterra decidió intervenir activamente con un ejército al mando del duque de Leicester que sólo cosechó derrotas y en 1590 cuando apenas quedaban por conquistar Holanda y Zelanda, Felipe II ordena a Alejandro Farnesio, dirigir sus tropas en ayuda de los católicos parisinos, cercados por Enrique de Borbón. Tras romper el cerco y volver a Flandes con unas tropas “faltos de vituallas, municiones para la guerra y pagas con las que subsistir”[4]. Pese a todas las victorias, Mauricio de Nassau reconquista numerosas plazas y enfermo, Alejandro Farnesio muere en 1592.

Ø Gobierno del Archiduque Alberto, 1595-1621
En 1595 quedará como gobernador el archiduque Alberto, sin embargo se tuvo que enfrentar al reforzamiento francés con un nuevo rey, Enrique IV, con una hacienda saneada, un país unificado y un poderoso ejército; mientras que la República Holandesa obtuvo beneficios de su activo comercio en Asia y África y mientras el ejército de Flandes estaba en situación desastrosa por la pérdida del Camino Español en 1601 y la falta de aprovisionamientos y pagas para las tropas por lo que los motines se convirtieron “en el remedio doméstico del Ejército de Flandes para el persistente problema del hambre de paga”[5] Se produce así que se pierdan Lingen, Murs, Amiens y otras plazas por lo que se de firmaría la paz de Vervins en 1598. Pese a ello, la llegada del general genovés, Ambrosio Espínola cambiará el curso de la guerra, con una constante de victorias españolas como Ostende, Lingen o Grol, que no obstante los éxitos militares no sirvieron más que para confirmar el agotamiento de ambos bandos y finalmente se produce la firma de la paz con los rebeldes en 1609, orquestada por el nuevo rey Felipe III, que supuso la denominada Tregua de los Doce Años. Posteriormente, con la muerte de Isabel I de Inglaterra se logró firmar la paz con el nuevo rey inglés, Jacobo I por la Paz de Londres de 1604 y “poner fin a los ataques de los corsarios ingleses y la libertad religiosa para los comerciantes ingleses establecidos en España.”[6]

Ø Ruptura de la Tregua de los Doce Años y ocaso de la Monarquía Hispánica
En 1621 se rompe la Paz por los continuados ataques a las posesiones portuguesas de Indonesia y Brasil así como las españolas de Centroamérica y Venezuela por parte de los holandeses. Durante las primeras fases de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el ejército español obtuvo numerosas victorias de nuevo al mando del general Espínola, con éxitos tan inmortalizados como Breda en 1625 o el nuevo ejército del cardenal-infante don Fernando que derrotó a los suecos en Nordlingen en 1634 ya que el rey Gustavo Adolfo de Suecia se “sentía perjudicado por el bloqueo español de los Países Bajos y con la ayuda económica de Francia, se puso al frente de los protestantes”[7]. Sin embargo, la entrada de Francia en la guerra, dirigida por el cardenal Richelieu, cambió el curso victorioso de la guerra a favor de España y el cada vez más caro y difícil envío de tropas españolas hacia Flandes, la agitación francesa en las revueltas de Cataluña y Portugal, la ruina de la economía española y el ataque constante de la alianza franco-holandesa, dio sus frutos en las derrotas españolas de Rocroi en 1643 y Lens en 1648 que supusieron la paz de Westfalia en 1648, por la que se reconoce la independencia de los Países Bajos. Posteriormente tras la derrota en Las Dunas en 1658, se firma la Paz de los Pirineos en 1659, que supone el cese de hostilidades con Francia y que supuso la renuncia de España a liderar la política europea en beneficio de la Francia de Luis XIV.


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[1] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 39.

[2] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 129.

[3] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 145.

[4] Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004. pp. 205.

[5] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 297.

[6] Casaos, S; Domené Sanchez, D; Puente Sierra, A.: Historia de España. Laberinto. Madrid, 2003. pp. 216.

[7] Casaos, S; Domené Sanchez, D; Puente Sierra, A.: Historia de España. Laberinto. Madrid, 2003. pp. 219.
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V. “El Camino Español”, 1563-1601

Irremediablemente, debido a la rebelión de los Países Bajos en 1567 en envío de tropas y dinero se convirtió en asunto de estado, máxime cuando las potencias navales como Inglaterra tenían un muro de contención en el que prácticamente cualquier intento de suministro por parte de la flota española era atacado. Así en 1563 surge la idea de lo que sería “El Camino Español” en el momento en que el rey Felipe II desea viajar hasta los Países Bajos y que gracias a la pericia del cardenal Granvela se lograría trazar un corredor militar que partiese desde España y llegase hasta las provincias del norte prácticamente integro por territorios de la monarquía hispánica. Por lo tanto, desde la Península Ibérica hasta Génova la flota de galeras del Mediterráneo sería la encargada de transportar a las tropas, mientras que ya en la ciudad portuaria itálica, el camino más rápido y seguro apuntaba al norte a través “del Piamonte y Saboya, del Franco-Condado y Lorena”[1] .Los territorios de paso que no estaban en posesión española eran autorizados por la hábil política diplomática realizada por los dos primeros Austrias españoles; de esta forma Génova proporcionaba sus puertos a cambio de ayuda contra los rebeldes corsos, mientras que el duque de Saboya era aliado más allá de la Lombardia desde la firma del pacto de Groenendaal. Lorena estaba gobernada por un duque que proporcionaba neutralidad y permitía el paso de las tropas por lo que el último lugar de paso antes de llegar al Luxemburgo español era el obispado-principado de Lieja que “era el estado más de fiar de todos los aliados de España”[2].
Así pues el Camino Español estaba constituido por una cadena de puntos fijos y era posible elegir entre muchos itinerarios paralelos y “una vez que el gobierno había decidido el itinerario a seguir por sus tropas, debía hacer mapas detallados”[3] la elección de la ruta podía estar condicionada tanto por los avatares geográficos como la situación política del momento ya que por ejemplo la relación con los estados aliados podía variar y era necesaria una presencia, habitual a partir de 1650, de embajadores en Génova, Saboya y otros estados aliados. Cada paso de tropas tenía que ser concedido por un permiso especial por lo que “España tenía que respetar su autonomía y acceder a sus pretensiones”[4]


Ø Logística
Con el consiguiente aumento del tamaño de los ejércitos y de las operaciones militares en los Países Bajos, a partir de 1550 se hizo evidente que el tradicional método de aprovisionamiento de arrasar con todo lo posible en el lugar de paso era insuficiente. Para ello y como indica el historiador Parker [5] se crearon “étapes militares”, es decir, centros donde se hacían transacciones comerciales con cierta seguridad, al estilo de un gran almacén y localizados en ciertos pueblos o ciudades. De esta manera, las étapes fueron muy útiles para el correcto aprovisionamiento como así lo atestiguaba el propio duque de Alba. La étape de Saboya era permanente y proporcionaba hospedaje y víveres, mientras que las étapes de los Países Bajos, Lorena y el Franco-Condado se creaban ex novo alguna expedición militar. No obstante ni a las autoridades ni a la población civil les hacía gracia su estancia, ya que como indican ciertas narraciones “algunas expediciones se las arreglaban para perpetrar una cantidad asombrosa de crímenes contra la población civil”[6] Además del problema añadido del cobro de los gastos provocados por el paso de las tropas, en ocasiones años después de haber ocurrido, por lo que los gobernantes vieron la eficacia de contratar a asentistas particulares para proporcionar alimento al paso de los ejércitos por el Camino Español y así evitar descontentos y deudas.

Ø Fin del Camino Español, 1601


Con la firma del Tratado de Lyon en 1601 se perdieron territorios de la Monarquía española del Franco-Condado por lo que el Camino quedó a merced de la voluntad francesa. Comenzaba así uno de los signos inequívocos de la inminente decadencia del Imperio Español. El duque de Milán se alió con Francia y en 1613 entró en guerra contra España por lo que la ruta entre Lombardía y los Países Bajos tendría que ser redefinida y de esta forma se renegociaron tratados con los cantones suizos, se ocuparon los Grisones en 1620 y el Tirol en 1623. Sin embargo la pérdida de Alsacia supuso un golpe importante ya que “no quedaba ningún corredor militar seguro más allá de los Alpes”[7] Francia siguió ocupando territorio y así en 1630 invaden Saboya, Lorena en 1632-3 y en la práctica el Camino Español no volvió a ser utilizado.
Hasta el colapso final de los ejércitos de la Monarquía Hispánica en la década de los 40, los corredores militares terrestres quedaron anulados, así como todo intento de transportar mediante flotas a las tropas cuyo destino eran los Países Bajos; en gran parte debido por la superioridad numérica y tecnológica de las flotas inglesas y holandesas y en parte por el impredecible clima atlántico que hacía extremadamente difícil predecir la duración de un viaje.



VI. El Fin de los Tercios, 1704

Con la llegada al trono de Felipe V, éste llevó a cabo un amplio conjunto de reformas en la Hacienda, la administración territorial hasta llegar al Ejército. Así en 1704 se pone fin a los Tercios y éstos son sustituídos por los regimientos modernos de 1500 hombres; además se reformó la caballería y la artillería, se modernizó el armamento introduciendo el fusil con bayoneta, nuevos cañones y bombas y se crearon los cuerpos de ingenieros y la guardia real. Se instaló un nuevo sistema de reclutamiento obligatorio, “por sorteo de uno entre cada cinco hombres útiles y se dictaminó el reclutamiento forzoso de vagabundos, vagos y ociosos”.[8] Se ponía así fin y una estructura militar, los Tercios, estrechamente ligada a los Habsburgo españoles y se abría paso un nuevo sistema militar acorde a la nueva dinastía reformista, los Borbones españoles.



VII. Bibliografía

Jiménez Martín, J.: Tercios de Flandes. Falcata Ibérica. Madrid, 2004.

Casaos, S; Domené Sanchez, D; Puente Sierra, A.: Historia de España. Laberinto. Madrid, 2003.

Lynch, J.: Los Austrias, 1516-1700. Crítica. Barcelona, 2003.

Ventura, J.: Historia de España. Plaza y Janés. Barcelona, 1980.

Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985.

Quatrefages, R.: Los Tercios Españoles (1567-1577). Fundación universitaria española. Madrid, 1979.


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[1] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 98.

[2] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 100.

[3] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 122.

[4] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 101.

[5]Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 127.

[6] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 129.

[7] Parker, G.: El ejército de Flandes y el Camino Español, 1567-1659. Alianza. Madrid, 1985. pp. 113.

[8] Casaos, S; Domené Sanchez, D; Puente Sierra, A.: Historia de España. Laberinto. Madrid, 2003. pp. 242.
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